El pie desintegró el cigarro con rabia. Un, dos, tres, cuatro y hasta cinco giros en el suelo. De un lado a otro aplicándole la peor de las torturas a aquella colilla ya apagada.
Entró entonces en el hospital, con paso firme, acompañado ya con el otro pie y unido también al resto del cuerpo.
El cuerpo, de mujer, llegó a aquel mostrador. Impasible deseando que alguien saltara a su paso a retenerla para poder enfrentarse a él. Nada ni nadie la iban a detener.
- Quisiera poner una reclamación, por favor. - dijo mordiéndose la lengua.
¡Maldita educación! Pensó para si misma.
- Un momentito, por favor – respondió la recepcionista con la oreja pendiente del teléfono y sus ojos clavados en la lima de las uñas.
Respiró hondo y esperó.
- Pues si tía. Jacinto, el tío aquél que te presente, ¿te acuerdas? - seguía la recepcionista, rasca, rasca, con las uñas- pues se lió con otra. ¡Delante de mis narices, tia! ¿Es fuerte, no? ¡No me jodas! Es un cabrón, no lo pienso ni mirar a la cara, ¿sabes?
- Perdone, tengo un poco de prisa. Si hace el favor de...
- Espera nena, un segundito, que tengo aquí una amargada que no me deja- le dijo la recepcionista al auricular- Tenga señora, rellénelo ¡y con buena letra, eh! Que pesada, por Dios – dijo esto último cómo si estuviese sola en el mundo.
La mujer, atónita y conteniéndose como podía cogió el boli y empezó a rellenar.
Se acordó de aquel enfermero que no quiso ponerle el enema a su padre, recién operado. ¿Qué no sabe ponerlo usted?, fueron sus palabras. Y de aquel otro al que pidió ayuda para poder levantarlo un poco de la cama y se excusó con sus dolores de riñones. Y de aquel otro al que solicitó un cambio de sábanas y le contestó que ya lo pidiese al otro turno cuando aún le quedaba media hora del suyo.
La mujer tragó saliva y entregó el papelito visualizando en su mente como lo arrugaban y lo tiraban a la papelera. Pero salió de allí con la cabeza bien alta y los ojos llenos de fuego y se dirigió a su coche rumbo a la tienda de trajes de falleros. Su hijo adolescente se vestiría en la ofrenda.
Media hora tenía para dirigirse a pleno centro de Valencia. Atascos. Pitos. Giros bruscos. Uno que se cruza. ¡Cabrón!¡Ahí te estampes hijo de puta! Otro lento. Pitos de nuevo. ¡Va, coño! ¡Que no llego, joder! Eres un imbécil, ¿me oyes? ¡Mamón! ¡Vete a tu casa, gilipollas!
Desdos corazones levantándose cuales banderas individuales. Caos. Desahogo a medias.
Después de dar siete vueltas, milagrosamente, encontró sitio. La tienda apestada de gente. Dependientas ocupadas con unos chicos indecisos.
- ¡Ay! Pues, no sé. ¿Quizá el rojo y el dorado quedan mejor, no? - decían entre ellos mientras la dependienta, cargada de perchas llenas, esperaba paciente. Al fin, uno le pudo atender. Resultó ser el dueño.
- Verá, quiero un chaleco.
- ¿Pero un chaleco, cómo?
- Pues un chaleco con dorados, que pegue con el morado de su fajín. - respondió la mujer.
- ¡A ver si nos aclaramos! Si no me dice en concreto cómo lo quiere, ¿cómo quiere que lo sepa?- gritó el dependiente, grirándose y sacando de la barra absolutamente todos los chalecos que tenía colgados.
- ¡Claro! Puede ser este, o este otro, o aquel. ¿Qué se cree que soy adivino? ¡Cómo no me especifique más!
Los ojos de la mujer pasaron a ser lava encendida. Volvió a respirar y a pensar en su educación.
- Disculpe, le he comentado que quería que pegase con el morado y que además tenga tonos dorados. Usted me ha sacado todas las muestras.
El hombre, antipático por algún defecto genético desconocido empezó a guardar los chalecos que no llevaban dorado.
- ¡Pues decídase mujer! ¡No tenemos todo el día!
La mujer, volviendo a respirar hondo e imaginándose a aquel hombre arrugado en la papelera junto a su reclamación, eligió uno casi al azar, presa del nerviosismo y la rabia contenida. Pagó y decidió irse a la peluquería. Un cambio de look me irá bien hoy, pensó para si.
Acabado el estilismo, se vió más fea y más vieja con esas mechas y ese corte infernal pero no dijo nada y se fue con sus ojos inyectados en sangre.
Llegó a su casa y no durmió apenas esa noche. Vuelta y vuelta. Teléfono, papelera, enfermeros, falleros, fuego, coches, trajes, gente. Las tres, las cuatro, las cinco. Sonó la alarma. Maldito despertador, a las seis. Lo para. Vuelve a sonar. Las seis y cinco. Y otra vez a las seis y diez. No, no se quiere levantar.
"Desde el jergón" - Los Enemigos
"Hate & War" - The Clash
"Love And Hate" - Mano Negra
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2 comentarios:
Cada día me gusta más leer tus pensamientos a traves de lo que escribes.Agur nen
Eres bueno nano, mientras te leo me
recuerdas algún personaje muy próximo
a nosotros. ADEU
El Lito
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