domingo 20 de febrero de 2011

Rompeolas

La mierda lo volvió a dejar todo perdido. Los azulejos del baño parecían una jaula de gorilas enfurecidos que a base de excrementos habían redecorado su celda. Suelo, vidé, espejo, lavabo. Nada escapó de la lluvia marrón.

- ¡Aaaah!¡Aaaaah! - gimió fuertemente María, agarrando con una mano un trozo de sus deshechos y restregándoselo por el pelo.
Ya había perdido casi el habla y solamente reunía palabras para insultar a su marido, que justo en ese momento irrumpió en el baño.

Manuel la miró con esos ojos enjutos y acristalados, acostumbrado ya a los devaneos de su mujer. Fue hacia ella y le agarró fuertemente del brazo. Le hizo soltar lo que llevaba en la mano y la abrazó. La levantó como pudo entre su peso (el de ella) y su cojera (la de él). La metió en la ducha, vestida. Consiguió agarrarla de una mano y con la otra le lanzaba el chorro potente del agua. María, empapada, gritaba e intentaba zafarse como podía. Ya un poco más calmada le quitó la ropa mojada y la tiró al suelo y suavemente, con la esponja, frotó su gastado cuerpo.

Las piernas, delgadas como palillos y repletas de varices como montañas fúnebres se llenaban poco a poco de jabón. La entrepierna, marchita y ajada. Su barriga flácida. Sus pechos caidos, medio muertos como dos globos a los que se les ha consumido el aire interior. Sus hombros a la vuelta de todo el peso de la vida. Su cuello, lleno de alambres, de cartílagos deseando explotar. Y su cara, sin rostro, sin sentido. Mirada perdida, mojada, con los labios morados del agua fría.

Le tiritaba la barbilla y Manuel le acarició el pelo, blanco y largo, chorreando delirios. La secó suavemente, ella se dejaba hacer cual marioneta sin cuerdas y después la llevó a la cama. Entre toses y cojeras le ahuecó la almohada y le trajo la cena, triturada, hecha papilla. María apenas recordaba masticar. Manuel, entre cucharada y cucharada le susurraba:

- ¿Te acuerdas cuando nos besamos por primera vez? Estábamos en aquel rompeolas, una clara noche de verano. Era 1956. Tú llevabas aquel vestido corto que dejaba a la vista tus tobillos sonrosados. Tenías el pelo largo y rojo y en el cuello sonaban las conchas de ese collar que te regalé.

Manuel sabía que María no se acordaba de nada a causa de su enfermedad, es más, ni siquiera sabía quién era ese hombre que le hablaba pero Manuel persistía en contarle aquellas historias pasadas y vividas juntos. Algo, por insignificante que fuese el detalle podría despertar su memoria.

- Venga cielo, una última cucharada – le decía mientras intentaba atinar con la cuchara en la boca de María, cerrada ya.
Ella meneaba la cabeza de una lado a otro. Restos de papilla en el mentón, la mejilla y hasta en la oreja. Manuel con la mano que le quedaba libre sujetó la cara de María aprisionando los dedos entre sus mejillas para que abriese la boca.
- Vamos María, sólo una más – le dijo mientras le metió la cuchara de lleno.
Venga traga, poquito a poco. Traga mi amor.
Apenas acabó de decir la frase cuando un géiser de papilla salió despedido de la boca de María. Lo escupió todo, pringándose a ella y por supuesto a Manuel entero.
- ¡Púdrete cabrón! - gritó María, con restos de papilla aún en la boca.
- ¡Joder! ¡Mierda! - se desesperaba Manuel mientras se limpiaba como podía con una sucia y arrugada servilleta.

Respiró hondo y quitó la bandeja con los restos de comida. Ató a María fuertemente como cada noche ya que muchas veces daba golpes en la cama o se caía y se hacía cardenales enormes en las rodillas a causa del suelo de terrazo frío. Aparte, también le pinchó un sedante para que ambos pudiesen dormir. Él se acostó en la cama contigua y apagó la luz mirándola, observando que ella ya con los ojos cerrados no era muy diferente de cuando los tenía abiertos. Se durmió pensando en aquel rompeolas, en su cintura, en su sonrisa, en cómo habían llegado hasta hoy, en qué pasaría si él se muriese mañana, qué sería de ella. No tenían a nadie más y el no podía dejar que aquello sucediese, de ninguna manera.

A la mañana siguiente se levantó temprano. Limpió la casa y cojeando e intentando que su bronquitis no la despertase, echó un último vistazo. Todas las puertas y ventanas bien cerradas, el gas quitado y persianas bajadas. María aún dormía pero él la vistió despacio con aquel vestido corto. Ahora sus tobillos no eran rosas, pero tenían el color de la vida entera, del hambre de los recuerdos que ella no retenía. La montó en la silla de ruedas y la llevó al rompeolas.

Una fina línea amarilla a lo lejos, en el horizonte, del sol que empezaba a salir, fue lo primero que vió María al abrir los ojos allí sentada en la silla de ruedas junto a Manuel. Quizá fuese su primer recuerdo de toda la vida. Manuel le apartó el pelo y le colocó aquel collar de conchas marinas. Las olas rompían con fuerza sobre las rocas y salpicaban sus cuerpos encorvados. Una gota recorrió la mejilla de María y Manuel quiso pensar que no era del mar sino una lágrima de eternidad. Aupó su coja pierna en un saliente de la silla y con la otra tomó impulso.
Los dos se arrojaron al vacío duro de las rocas, al mar del olvido en el que ambos se recordarían.


"La Plage" - Didier Squiban


"Cruzando el Paraiso" - Loquillo y Andrés Calamaro

4 comentarios:

Guillem Alarcón (POIES) dijo...

ESO SÍ ES AMOR..
ME ENCANTA, PERO MUCHO MÁS HABER PODIDO ESCUCHARLO DE TU BOCA, AMIGO MÍO..UN DIEZ!
PD: Y UN GRAN ABRAZO.

tronymai dijo...

Anoche el silencio lo envolvió todo, pero no había oscuridad.
El sonido de tu voz se convirtió en una potente luz que nos conducía hacia el rompeolas.
Nos desbordó la emoción.

Anónimo dijo...

Al acabar de escuchar, tu publicación de "Rompeolas" se nos erizó el vello,
de la emoción, y al mismo tiempo, no
pudimos evitar que nos resbalasen mejillas abajo, dos lágrimas,
al pensar que eso, sí que es AMOR.
UN VEINTE, porque somos doa.
UN ABRAZO..LosLitos

El sombrerero del cielo dijo...

Llego un poco tarde, pero yo también te escuché aquel día, y debo reconocer que me pareció un relato precioso. De hecho me dio envidia, lo que quiere decir que me gustó mucho!