viernes, 27 de mayo de 2011

Traslado

Amigos de lo incorrecto, este blog va a morir para que pueda nacer este otro
Espero que sea de vuestro desagrado y podamos seguir compartiendo incongruencias, rock and roll, drogas y demás cosas erótico-festivas y si nos da tiempo tambien un poco de literatura, claro.
Espero seguir siendo vuestro incordio en esta nueva casa. ¡Hasta luego!

J. Nicolau


Dextroanfetaminas - Ilegales

viernes, 15 de abril de 2011

Momentos Actuales *

Primero vinieron a por los funcionarios
Y yo no hablé porque no soy funcionario
Luego vinieron a por los despidos mas baratos
Y yo no hablé por miedo a mi barato despido
Mas tarde vinieron a por los pensionistas
Y yo no hablé porque yo aún no soy pensionista
Despues vinieron a por los fumadores
Y yo no hablé porque no soy fumador
Despues vendrán a por los que toman alcohol
Y no hablaré porque soy abstemio
Y al final nos dirán como tenemos que follar
y ahí ya será tarde porque nos habran dado por el culo a todos.

(*) Interpretación actual de las palabras del monje Martin Niemoller. Aqui está el original.

House Made Of a Dawn - Martin Niemoller

domingo, 3 de abril de 2011

Sangre

Sangra mi codo
con rebufo a despedida
la noche fue muy corta
y apenas cortamos las espigas

Sangra mi oreja
harta de escuchar sirenas
que siempre respondo a su canto
aunque amarrado al mástil me dejan

Sangra mi lengua
intoxicada y reseca
fumando, bebiendo, queriendo
decirlo todo
y quizá haya alguien al otro lado de la puerta

Sangran mis ojos
al ver tu espalda entera
a lo hondo llevarte yo quisiera
giras la cara y pretendes que no muera
en una tarde cerca de Cullera

Sangra mi mano
con sangre bien roja y fina
y es que al oler aquella rosa
me clavé la única espina


"Baile de Sombras" - Doctor Deseo


"Sangre" - Eskorbuto


"Escríbelo con Sangre" - Burning

lunes, 28 de marzo de 2011

No Se Quiere Levantar

El pie desintegró el cigarro con rabia. Un, dos, tres, cuatro y hasta cinco giros en el suelo. De un lado a otro aplicándole la peor de las torturas a aquella colilla ya apagada.
Entró entonces en el hospital, con paso firme, acompañado ya con el otro pie y unido también al resto del cuerpo.
El cuerpo, de mujer, llegó a aquel mostrador. Impasible deseando que alguien saltara a su paso a retenerla para poder enfrentarse a él. Nada ni nadie la iban a detener.
- Quisiera poner una reclamación, por favor. - dijo mordiéndose la lengua.
¡Maldita educación! Pensó para si misma.
- Un momentito, por favor – respondió la recepcionista con la oreja pendiente del teléfono y sus ojos clavados en la lima de las uñas.

Respiró hondo y esperó.
- Pues si tía. Jacinto, el tío aquél que te presente, ¿te acuerdas? - seguía la recepcionista, rasca, rasca, con las uñas- pues se lió con otra. ¡Delante de mis narices, tia! ¿Es fuerte, no? ¡No me jodas! Es un cabrón, no lo pienso ni mirar a la cara, ¿sabes?
- Perdone, tengo un poco de prisa. Si hace el favor de...
- Espera nena, un segundito, que tengo aquí una amargada que no me deja- le dijo la recepcionista al auricular- Tenga señora, rellénelo ¡y con buena letra, eh! Que pesada, por Dios – dijo esto último cómo si estuviese sola en el mundo.

La mujer, atónita y conteniéndose como podía cogió el boli y empezó a rellenar.
Se acordó de aquel enfermero que no quiso ponerle el enema a su padre, recién operado. ¿Qué no sabe ponerlo usted?, fueron sus palabras. Y de aquel otro al que pidió ayuda para poder levantarlo un poco de la cama y se excusó con sus dolores de riñones. Y de aquel otro al que solicitó un cambio de sábanas y le contestó que ya lo pidiese al otro turno cuando aún le quedaba media hora del suyo.

La mujer tragó saliva y entregó el papelito visualizando en su mente como lo arrugaban y lo tiraban a la papelera. Pero salió de allí con la cabeza bien alta y los ojos llenos de fuego y se dirigió a su coche rumbo a la tienda de trajes de falleros. Su hijo adolescente se vestiría en la ofrenda.

Media hora tenía para dirigirse a pleno centro de Valencia. Atascos. Pitos. Giros bruscos. Uno que se cruza. ¡Cabrón!¡Ahí te estampes hijo de puta! Otro lento. Pitos de nuevo. ¡Va, coño! ¡Que no llego, joder! Eres un imbécil, ¿me oyes? ¡Mamón! ¡Vete a tu casa, gilipollas!
Desdos corazones levantándose cuales banderas individuales. Caos. Desahogo a medias.

Después de dar siete vueltas, milagrosamente, encontró sitio. La tienda apestada de gente. Dependientas ocupadas con unos chicos indecisos.
- ¡Ay! Pues, no sé. ¿Quizá el rojo y el dorado quedan mejor, no? - decían entre ellos mientras la dependienta, cargada de perchas llenas, esperaba paciente. Al fin, uno le pudo atender. Resultó ser el dueño.
- Verá, quiero un chaleco.
- ¿Pero un chaleco, cómo?
- Pues un chaleco con dorados, que pegue con el morado de su fajín. - respondió la mujer.
- ¡A ver si nos aclaramos! Si no me dice en concreto cómo lo quiere, ¿cómo quiere que lo sepa?- gritó el dependiente, grirándose y sacando de la barra absolutamente todos los chalecos que tenía colgados.
- ¡Claro! Puede ser este, o este otro, o aquel. ¿Qué se cree que soy adivino? ¡Cómo no me especifique más!

Los ojos de la mujer pasaron a ser lava encendida. Volvió a respirar y a pensar en su educación.
- Disculpe, le he comentado que quería que pegase con el morado y que además tenga tonos dorados. Usted me ha sacado todas las muestras.
El hombre, antipático por algún defecto genético desconocido empezó a guardar los chalecos que no llevaban dorado.
- ¡Pues decídase mujer! ¡No tenemos todo el día!

La mujer, volviendo a respirar hondo e imaginándose a aquel hombre arrugado en la papelera junto a su reclamación, eligió uno casi al azar, presa del nerviosismo y la rabia contenida. Pagó y decidió irse a la peluquería. Un cambio de look me irá bien hoy, pensó para si.

Acabado el estilismo, se vió más fea y más vieja con esas mechas y ese corte infernal pero no dijo nada y se fue con sus ojos inyectados en sangre.
Llegó a su casa y no durmió apenas esa noche. Vuelta y vuelta. Teléfono, papelera, enfermeros, falleros, fuego, coches, trajes, gente. Las tres, las cuatro, las cinco. Sonó la alarma. Maldito despertador, a las seis. Lo para. Vuelve a sonar. Las seis y cinco. Y otra vez a las seis y diez. No, no se quiere levantar.


"Desde el jergón" - Los Enemigos


"Hate & War" - The Clash


"Love And Hate" - Mano Negra

jueves, 10 de marzo de 2011

El Ahora Soy Yo

Las 22.55 marcan en mi despertador cuando me acuesto junto a mi angustia, a la que arropo y le canto una nana. Incluso le leo un cuento. Sin sentir el poder que mana de mi le cierro la puerta al mal presagio. No vuelvas más, le digo. No te conozco y no formas parte de mi, del ahora que soy yo.
Mi angustia ruge entre las sábanas y le doy un beso de buenas noches y las almohadas mojadas de recuerdos me empapan la nuca. Recuerdos que jamás han pasado. Camisas de fuerza recorren mi cama y mi cerebro, lleno de duendes y ríos de llanto. No puedo vislumbrar las estrellas que me indican el camino aun siendo más luminosas que un crudo sol de invierno. Quiero soltar lastre. Me pesan demasiado aquellas películas de cometas rojos repletos de sueños incumplidos, futuros.

Me siento preso de mi mente como una marioneta obligada a bailar por sus terrenos angostos. Dolor de huesos y amistad conmigo mismo. Ternura y pena. Pastillas de colores. Sigo atado a mi mundo de sueños profundos para no sentir lo real, el dolor, la basura, lo cierto. Así, cautivo y caliente de química, consigo invadirme a mi propio país de engaños y mentiras.

Quiero decírmelo todo a la cara pero no me atrevo. Cara soñada, falsa e impura, desgastada por los viajes anfetamínicos. Los dientes renquean mientras articulo palabras sin sentido dirigiéndome a la persona que yo mismo he inventado.

Me hago llagas en la lengua, producto carnal de tan sicotrópico destino. Todo a la vez me da vueltas en la noria de mi cuello rebosante de algodón de azúcar. En algún remoto incendio el fuego es mi amigo. Sus lenguas vivas se convierten en mi. Pura pasión. Mi cicatriz, la del pecho, ya está cerrada como una puerta que dejo atrás. Llave tragada por el mar del ayer. La tormenta de sentidos es entonces mi fiel compañera. No puedo quedarme quieto. Soy yo. Yo contra el mundo. No. No contra el mundo. Con el mundo. Yo con el mundo. El mundo a mis pies. Así puedo hacer lo que quiera, en mi cuerpo caliente y desnudo sin caparazón y sin papel que interpretar. Me aventuro al vacío de lo desconocido. No hay vuelta atrás y a la mañana siguiente seré otro. Otro pero el mismo. El otro que ama sus noches sin sueño, que ama su locura y su vaivén, sus camisas de fuerza, su noria y sus dientes prietos, sus drogas y su sepultura. Me levanto y me miro al espejo. Sudo.

El espejo es la verdad, es lo cierto. No se puede mentir delante de un espejo.
Confío en mi mismo y me lo digo todo a la cara.

Entierro mis pupilas dentro de los nudillos y me vuelvo a mirar y no me veo. No veo a aquel muchacho de ayer que como niños muertos me amedrentaban los oidos. Ahora veo cielo y veo sol a la vez y oigo pájaros cantar y vacas, veo muchas vacas, blancas y negras y tigres lisos. Mis dientes fuertes, como nuevos, ya no me duelen.

Me descubro otro y quiero volver a sentirme cerca. A volver a ser uno. A volver, retornar y volver a empezar. No me separo de mi. No me quito mi yo. No me robo el alma ni me quemo el corazón. Adiós me digo, para decirme hola, ¿Cómo estás?

ESTOY.

El ahora soy yo. Mi corazón y mi cerebro se funden en un profundo abrazo.
Me sonrío en el espejo y me quiero de nuevo.


"Frío" - Alarma


"The Passenger" - Iggy Pop

domingo, 20 de febrero de 2011

Rompeolas

La mierda lo volvió a dejar todo perdido. Los azulejos del baño parecían una jaula de gorilas enfurecidos que a base de excrementos habían redecorado su celda. Suelo, vidé, espejo, lavabo. Nada escapó de la lluvia marrón.

- ¡Aaaah!¡Aaaaah! - gimió fuertemente María, agarrando con una mano un trozo de sus deshechos y restregándoselo por el pelo.
Ya había perdido casi el habla y solamente reunía palabras para insultar a su marido, que justo en ese momento irrumpió en el baño.

Manuel la miró con esos ojos enjutos y acristalados, acostumbrado ya a los devaneos de su mujer. Fue hacia ella y le agarró fuertemente del brazo. Le hizo soltar lo que llevaba en la mano y la abrazó. La levantó como pudo entre su peso (el de ella) y su cojera (la de él). La metió en la ducha, vestida. Consiguió agarrarla de una mano y con la otra le lanzaba el chorro potente del agua. María, empapada, gritaba e intentaba zafarse como podía. Ya un poco más calmada le quitó la ropa mojada y la tiró al suelo y suavemente, con la esponja, frotó su gastado cuerpo.

Las piernas, delgadas como palillos y repletas de varices como montañas fúnebres se llenaban poco a poco de jabón. La entrepierna, marchita y ajada. Su barriga flácida. Sus pechos caidos, medio muertos como dos globos a los que se les ha consumido el aire interior. Sus hombros a la vuelta de todo el peso de la vida. Su cuello, lleno de alambres, de cartílagos deseando explotar. Y su cara, sin rostro, sin sentido. Mirada perdida, mojada, con los labios morados del agua fría.

Le tiritaba la barbilla y Manuel le acarició el pelo, blanco y largo, chorreando delirios. La secó suavemente, ella se dejaba hacer cual marioneta sin cuerdas y después la llevó a la cama. Entre toses y cojeras le ahuecó la almohada y le trajo la cena, triturada, hecha papilla. María apenas recordaba masticar. Manuel, entre cucharada y cucharada le susurraba:

- ¿Te acuerdas cuando nos besamos por primera vez? Estábamos en aquel rompeolas, una clara noche de verano. Era 1956. Tú llevabas aquel vestido corto que dejaba a la vista tus tobillos sonrosados. Tenías el pelo largo y rojo y en el cuello sonaban las conchas de ese collar que te regalé.

Manuel sabía que María no se acordaba de nada a causa de su enfermedad, es más, ni siquiera sabía quién era ese hombre que le hablaba pero Manuel persistía en contarle aquellas historias pasadas y vividas juntos. Algo, por insignificante que fuese el detalle podría despertar su memoria.

- Venga cielo, una última cucharada – le decía mientras intentaba atinar con la cuchara en la boca de María, cerrada ya.
Ella meneaba la cabeza de una lado a otro. Restos de papilla en el mentón, la mejilla y hasta en la oreja. Manuel con la mano que le quedaba libre sujetó la cara de María aprisionando los dedos entre sus mejillas para que abriese la boca.
- Vamos María, sólo una más – le dijo mientras le metió la cuchara de lleno.
Venga traga, poquito a poco. Traga mi amor.
Apenas acabó de decir la frase cuando un géiser de papilla salió despedido de la boca de María. Lo escupió todo, pringándose a ella y por supuesto a Manuel entero.
- ¡Púdrete cabrón! - gritó María, con restos de papilla aún en la boca.
- ¡Joder! ¡Mierda! - se desesperaba Manuel mientras se limpiaba como podía con una sucia y arrugada servilleta.

Respiró hondo y quitó la bandeja con los restos de comida. Ató a María fuertemente como cada noche ya que muchas veces daba golpes en la cama o se caía y se hacía cardenales enormes en las rodillas a causa del suelo de terrazo frío. Aparte, también le pinchó un sedante para que ambos pudiesen dormir. Él se acostó en la cama contigua y apagó la luz mirándola, observando que ella ya con los ojos cerrados no era muy diferente de cuando los tenía abiertos. Se durmió pensando en aquel rompeolas, en su cintura, en su sonrisa, en cómo habían llegado hasta hoy, en qué pasaría si él se muriese mañana, qué sería de ella. No tenían a nadie más y el no podía dejar que aquello sucediese, de ninguna manera.

A la mañana siguiente se levantó temprano. Limpió la casa y cojeando e intentando que su bronquitis no la despertase, echó un último vistazo. Todas las puertas y ventanas bien cerradas, el gas quitado y persianas bajadas. María aún dormía pero él la vistió despacio con aquel vestido corto. Ahora sus tobillos no eran rosas, pero tenían el color de la vida entera, del hambre de los recuerdos que ella no retenía. La montó en la silla de ruedas y la llevó al rompeolas.

Una fina línea amarilla a lo lejos, en el horizonte, del sol que empezaba a salir, fue lo primero que vió María al abrir los ojos allí sentada en la silla de ruedas junto a Manuel. Quizá fuese su primer recuerdo de toda la vida. Manuel le apartó el pelo y le colocó aquel collar de conchas marinas. Las olas rompían con fuerza sobre las rocas y salpicaban sus cuerpos encorvados. Una gota recorrió la mejilla de María y Manuel quiso pensar que no era del mar sino una lágrima de eternidad. Aupó su coja pierna en un saliente de la silla y con la otra tomó impulso.
Los dos se arrojaron al vacío duro de las rocas, al mar del olvido en el que ambos se recordarían.


"La Plage" - Didier Squiban


"Cruzando el Paraiso" - Loquillo y Andrés Calamaro

domingo, 6 de febrero de 2011

A Medias No

Dibujaba corazones violetas con el dedo y el vino derramado. Deslizaba su cálido índice sobre la mesa empapada, suavemente. Un corazón tras otro. Luego estrellas y lunas. Todo violeta. Violeta que se fue transformando en caras. Caras tristes al sonar el despertador. Dejó que sonara mientras ella dibujaba. No quería despertar de su imaginación violeta. Afuera ya no la esperaba nadie. Sólo ruido y polvo. Arena y metal en medio de su casa. Cristales rotos y luces apagadas. Tiró el despertador de un manotazo y buscó a su gato que maullaba tranquilo mientras le relamía la oreja y la mano que estaban tiradas por el suelo, goteando, en medio de la penumbra del pasillo. Lo acarició con su fría mano de circuitos, tuercas y acero y le alcanzó un cuenco con agua mientras retiraba aquellos miembros secos y morados, casi podridos.
Fue al baño y se miró al espejo medio segundo. Lo suficiente para adivinar que su cara no mentía. Era lo que ella esperaba ver. Metal y sangre alrededor de su cara. Su pelo, tirado hacia delante, sucio, apenas disimulaba su aspecto inanimado. Puntos de sutura y junto al lavabo gasas, alcohol, vendas y grapas. Una soldadora desenchufada, aún caliente, mostraba el apaño, su cirugía precisa y dolorosa. Dio otro manotazo con su metálica mano y rompió aquel espejo en mil pedazos. Miles de caras sin vida ahora la miraban a ella. Miles de destellos repartidos por el suelo del baño. Por fuera tenia el escudo, la armadura y la protección que ahora la hacían bicho raro pero por dentro seguía siendo ella. Sus pulmones, su estómago, su corazón. ¿De qué le servirian ahora? Se miraba en aquellos restos y solo podia ver ejércitos de cyborgs que la miraban, acusándola, diciéndole lo culpable que era. No podia quedarse así. O toda humana o toda metal. No hay término medio. No la aceptarían fuera, en el mundo ni tampoco los robots la querrían medio humana.
Todavía le quedaban piezas, enchufó el soldador, cogió un cristal del suelo y comenzó a cortarse las piernas mientras mordía la toalla ensangrentada para aguantar el dolor.


"Robot Rock" - Daft Punk


"I Robot" - Alan Parsons Project


"Soy Tu Robot" - Doctor Deseo


"She's Lost Control" - Joy Division